Di Stéfano o la virtud de la palabra en los pies más diestros


Inigualable genio del balompié, la luz de Alfredo Di Stéfano se ha apagado a sus 88 años al mismo tiempo que su fábula se enriquece. Y es que Don Alfredo es el principal motivo por el que los fieles de Chamartín encuentran el sentido a su grandeza.

Una grandeza ataviada de cinco Copas de Europa sucesivas que permitió al Real Madrid crecer tanto en excelencia, que no volvió a echar la vista atrás a modo de enmienda. En otras palabras, la dicotomía entre el éxito y el carácter se aunó en los pies del prodigio de Barracas.

Este status quo permanente que alcanzó la entidad merengue a finales de la década de los 50 se fundió con la identidad de un futbolista virtuoso, audaz y con una innata capacidad de liderazgo. Cuando las patadas y el juego sucio convivían en armonía con terrenos de juego embarrados, Di Stéfano sobresalía maravillando a rivales y seguidores a base de "gambetas", pases y goles. 

Sin embargo, más allá de su simbolismo como un pelotero excepcional, hay que añadir el singular carácter que le llevó a erigirse en el representante por derecho de todos los madridistas, más que el propio dirigente, al ser nombrado presidente de honor del Real Madrid. 

La naturalidad que atesoró -auténtico patrimonio nacional- fue una aptitud que exhibió sin complejos a lo largo de su vida. También, fue el elemento diferenciador al obtener el cetro de líder blanco en el año 2000. Curiosamente, lo primero que hizo en su nuevo cargo fue recoger el trofeo al mejor club del siglo XX, entregado por la FIFA.

Caprichos del destino aparte, la figura de Alfredo Di Stéfano demostró la relevancia de un líder que lleve la batuta de cara al público en una organización. La imagen de empresa del combinado blanco sufrió más de un desliz, pero rauda como el viento aparecía la "Saeta Rubia" para calmar la marejada  o poner los puntos sobre las íes.

Como en los grandes bancos o corporaciones, la representación de una figura que medie para esquivar los obstáculos en la senda del triunfo se antoja vital. Es el caso del protagonismo que cobró el talento hispano-argentino como mecenas deportivo del club madridista. En los últimos años, y mientras su corazón se lo permitía, fue el primer anfitrión de las caras nuevas que abarrotaban la galaxia merengue. Una cara visible y un apoyo extra que alimentaban la riqueza institucional.

Desafortunadas o no, con claridad y poso, sus palabras no cayeron nunca en saco roto. Con su especial idiosincrasia dribló las zancadillas con las que algunos intentaron encontrar debilidades en su  discurso. ¡Cuántos cadáveres han quedado por el camino por una mala comunicación externa!

No fue el caso de Don Alfredo, que engrosó los primeros puestos de frases célebres de este deporte: "Ningún jugador es tan bueno como todos juntos" o "las finales no se juegan... se ganan" demuestran la elocuencia de un tipo irrepetible. Un cicerón fuera del campo. Dentro, una leyenda irremplazable.  

*Copyright (Image): Marca


@Pdenche




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